Ha sido a primera hora de esta mañana, una de esas horas punta en una estación de metro atestada, penumbrosa y maloliente, convertido como tantas veces en un apéndice más de la masa informe de humanidad deshumanizada que poblaba el andén. Tras unos largos y ya angustiosos minutos de espera, por fin llegó el convoy, entre cegadores destellos de luces y ensordecedores chirridos, y mi única obsesión tras haber aguantado allí a pie firme era sentarme, así que pasé entre dos turistas indecisos, me adelanté a varios adolescentes uniformados con la americana azul marino de cierto colegio de la parte alta, y me planté en un asiento, frente a ella. No era ninguna niña, realmente, ni falta que hacía. Una mujer en la cincuentena, de esas con las que el tiempo, normalmente tan cruel y devastador, hace una excepción y permite madurar con la hermosa decadencia de una catedral gótica.

Apenas hemos salido de la estación entre un nuevo muestrario de crujidos, pitos, voces y chirridos, ha empezado a cabecear. ¿Qué la habrá mantenido despierta para que a estas horas, casi seguro recién levantada, ande tan falta de sueño? Mi imaginación, que enseguida se dispara, ha iniciado las más tórridas elucubraciones al respecto de esta auto pregunta. Aunque pronto las he desechado, concentrándome en la contemplación de la imagen que se me ofrecía ante mis ojos, con la misma devoción que un restaurador contemplaría la Mona Lisa.

El cabello largo y lacio, teñido de rubio nórdico, tal vez un poco más claro de lo que debería, se alborotaba contra el cristal rayado de la ventana del compartimento, en el que apoyaba la cabeza inerte. Los ojos permanecían cerrados, y la boca entreabierta en una media sonrisa que aparentaba quietud y complacencia. Se había desprendido del chaquetón de cuero, que llevaba en la mano, aunque ésta, al perder la fuerza por efecto del sueño, había soltado casi totalmente la presa, y la prenda de ropa se desparramaba a su lado hasta el suelo. Un abultado y generoso pecho se marcaba violentamente contra la blusa gris perla, casi blanca, amenazando con arrancar a viva fuerza los botones nacarados que la cerraban. Relajada en brazos de Morfeo, se había escurrido hacia adelante en el asiento, dejándose caer un poco, lo que había subido su falda gris marengo algo más de lo permitido por las reglas del decoro, mostrando en su casi totalidad un par de jugosos muslos enfundados en medias negras.

Tres estaciones más allá, cuando ya la marabunta de escolares uniformados habían bajado en confuso y vociferante tropel, y apenas quedábamos tres personas sueltas en el vagón, su respiración se hizo aún más marcada, indicándome que había alcanzado una de las fases más profundas del sueño. Aunque suene a fantasía pervertida, que algo de eso habrá, porque reconozco ser las dos cosas, fantasioso y pervertido, debo decir que estaba disfrutando mucho de esa encantadora visión que la casualidad me había brindado. Y no era el único.

Mis ojos habían paseado antes distraídamente sobre su persona, un hombre de mediana edad, moreno, sin ningún rasgo destacado, el típico hombre medio de las encuestas, que leía un libro con cara de no estarle gustando en absoluto. Ahora, al volver a mirar en su dirección, me encontré con dos ojos oscuros encendidos como tizones y dos manos inquietas que habían cerrado el libro y se paseaban sin disimulo por sobre del pantalón a la altura de la entrepierna. ¿Se imaginaría la señora dormida capaz de levantar tan ardientes pasiones? ¿Hubiera ella imaginado en sus más fantasiosos delirios convertirse repentinamente en objeto de deseo de un par de desconocidos? A buen seguro que no. Pero así es la vida, sorprendente e inesperada, con giros imprevistos y extraños.

Llegamos por fin a la estación final de línea, y ambos nos incorporamos para abandonar el vagón. Nuestra bella durmiente particular seguía sin retornar a la consciencia, y durante unos segundos dudé en zarandearla para que se despertara, pero miré a mi compañero de viaje y deseo, y con una sonrisa cómplice, sin necesidad de palabra alguna, comprendí que era mejor dejarla así. Abandonamos el convoy con premura, pues por las puertas del otro lado ya entraba en masa la gente que esperaba en el andén. Desde lo alto de la interminable escalera mecánica que sube al vestíbulo principal de la estación, oí dar los pitidos de rigor antes de iniciar viaje en dirección contraria. Me dio algo de pena pensar en que si seguía tan profundamente dormida se podría pasar un buen rato completando trayectos en uno y otro sentido antes de despertar. Tal vez algún viajero menos morboso y más caritativo la despertara. Tal vez no, tal vez solo diera con hombres tan despreciables y rijosos como yo mismo. En todo caso, y a pesar del evidente silencio en que se desarrolló, fue un hermosísimo, aunque fugaz, romance de metro.